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Aproximación Semiótica al Tatuaje

 

Antr. Adán Pando Moreno

No te harás marcas en el cuerpo por tus ídolos.
No te harás tatuajes.
Yo soy Yahvé.
(Lev 19:28).

 

La presente ponencia no es más que una presentación del estado de la cuestión de los estudios sobre el tatuaje, sobre todo en México, y una propuesta sobre su abordaje. Tengo una deuda de gratitud con Briseida Coronado Ruiz y con Estela Suárez, comunicólogas, quienes con su exploración de este tema han desepertado la reflexión.

Vemos hoy en día una profusión de formas sobre algo que de primera impresión podemos llamar tatuaje. Proliferación de centros de tatuaje, de personas que muestran o admiten tener tatuajes, revistas sobre tatoos, incluso calcomanías que imitan tatuajes y que vienen de regalo en los paquetes de frituras de maíz o en pastelillos industrializados. De un modo facilista y de mal periodismo, se ha catalogado esta profusión como una moda.

Podemos notar, ciertamente, una distinción respecto del tatuaje: antaño (pero no hace tanto, digamos un siglo), el tatuaje era propio de marinos, parias, cargadores, boxeadores, reos, femmes de nuit, y, en general se asociaba con el bajo mundo. Antes los outsiders portaban tatuajes; estar tatuado era indicio de transgresión, mostraba al individuo capaz de llegar más allá de las fronteras de los demás. Hoy no hay outsiders: están siendo comprendidos, incorporados; se ha aumentado la base gravable de los sujetos de la moda. De algún modo, fenómenos de la periferia están pasando al centro; hay una especie de “explosión” del tatuaje.

Para entender lo que está pasando y lo que ha pasado, para comprender el tatuaje, se han seguido varias líneas de estudio (muy anchas, por cierto). Voy a mencionar tres grandes líneas y proponer una cuarta.

  1. La primera línea consiste en estudios básicamente descriptivos. En términos generales, esta línea ha sido abandonada pero su huella perdura porque forjó una contradicción paradigmática en la metodología. Hay que distinguir dos especies dentro de esta clase: tenemos primero los estudios sociográficos, realizados por médicos, psiquiatras, penalistas, etc. Que pretenden fundar un paradigma: la investigación carcelaria del tatuaje sin abordar plenamente los problemas de significado o de sentido.

Una segunda especie son los estudios etnográficos, en los que el tatuaje es tratado como parte secundaria dependiente de la teoría de los rasgos culturales. Durante muchas décadas, la etnología sólo concibió el tatuaje como “ornamentación corporal”, tal como lo incluye R. Murdock en su guía de registros de rasgos culturales. Mas, la observación de un “rasgo” de este tipo forzó a los etnológos a ver algunos aspectos simbólicos del tatuaje, ya como fetiche de funciones apotropaicas, ya como parte de un ritual e, incluso, como narración icónica de los mitos.

A pesar de su aparente superficialidad, el simple conocimiento de estos estudios nos hace ya plantearnos algunas cuestiones:

  • la relación entre tatauaje y recluso, que podemos remontar aguas ariba a la relación entre un uso del propio cuerpo y la exclusión/reclusión social tal como la entiende M. Foucault (cfr. Vigilar y Catigar).
  • La constatación –por la metodología del estudio penitenciario- de que el tatuaje implica una privacidad inaceptable para ciertas morales y retóricas del cuerpo.
  • Como consecuencia del punto anterior, el reconocimiento de estas retóricas del cuerpo. El tatuaje, como todas las prácticas culturales, está inserto en un contexto de discursos sobre el cuerpo (véase a Bryan S. Turner, El Cuerpo Social), desde la cita bíblica utilizada como epígrafe de esta ponencia hasta el discurso fisiologista e higienista que todavía priva en ciertos ámbitos sociales (como se sabe, un tatuado no puede donar sangre y, al menos en algunas ciudades mexicanas, no puede ingresar en instituciones de seguridad privadas).
  • Genera una contradicción paradigmática entre los estudios sociográficos que presuponen la condena moral del tatuado y la etnografía que nos muestra la posibilidad de otra moral y otros usos del cuerpo.

Una segunda línea de estudio se sitúa en el interregno del folklore, la iconografía y el simbolismo. Esta línea, fuertemente apologética, intenta clasificaciones del tatuaje con base en temas y motivos “artísticos”. A partir de consideraciones técnicas llega a preguntas que se oponen a la primera línea. Dos ejemplos, por primera vez se pone de relieve que la piel viva puede ser y es un soporte de expresión artística (cosa que no se había considerado ni en los estigmas de los esclavos ni al marcar el ganado). Enfatiza también el papel de la vista, de la mirada: el tatuaje es algo que otro hace en mí para negociar la mirada de un tercero.

Intuye las carencias de la primera, pero se detiene en lo que puede denominarse un simbolismo plenamente abierto. El tatuaje no sólo llega a ser irreductible sino que es inefable. Los usos históricos y culturales se confnden y todo tatuaje pasa por ser hierofántico y mistérico (kímrico). Uno de los mejores estudios en esta línea es el de Catherine Grognard, Tatouge, Tags l’âme.

La tercera gran línea no es consecutiva sino paralela a esta segunda. De corte sociológico y más profunda que las primeras investigaciones. Es un tipo de investigación más amplia, tomando en cuenta tanto a tatuados como a tatuadores aunque tal vez demasiado vinculada a grupos sociales. Se encuentra en la frontera entre ver el tatuaje como una adscripción de un grupo e intentar una especie de sociosemiótica del tatoo. Sin lugar a dudas, el trabajo más logrado en este sentido es el de Alfredo Nateras Domínguez como tesis de maestría en psicología social (Alteración y decoración de los cuerpos urbanos: tatuajes y perforaciones en jóvenes, 2002, UNAM), aunque también se encuentran algunos artículos en la revista JóvenEs.

Estas tres líneas tienen ciertas características comunes que quisiéramos apuntar. Son estudios en universos cerrados o cuasicerrados: presos, grupos de jóvenes, culturas digámosles primitivas. En su gran mayoría se refieren a hombres.

Un poco más adentro vemos que son estudios que toman el tatuaje, usando la terminología de P. Bourdieu, como habitus más que como ethos. Es decir, relegan (aunque mucho menos en A. Nateras) el problema de la inserción en las retóricas del cuerpo y al utilizar estos estudios como fundamento de otras investigaciones conducen más a la dimensión prgamática pues se preguntan por actos, decisiones, motivaciones, etcétera. Hay que tomar en cuenta que lo que el tatuado “pone” es un soporte y una elección.

Por último, la consideración del tatuaje se hace en escala frástica, no como un complejo narrativo o textual.

A continuación queremos proponer una cuarta línea de investigación, línea que apenas se insinúa. Fuera de algunas menciones casuales y un tanto triviales de Th. Sebeok sobre el tatuaje, hay muy poca literatura; recién ahora la semiótica se empieza a ocupar con más seriedad de la construcción de este objeto de estudio.

Algunos puntos para la construcción del tatuaje como objeto de estudio semiótico son los siguientes, comenzando por algunas obviedades:

  • Primero, la vocación interdisciplinaria desde el nacimiento de la semiótica. Sea que se quiera ver a la manera de Ch. Morris como una “ciencia de las ciencias” o al modo del dominio de U. Eco la semiótica es un campo transversal de todo estudio cultural, interdisciplinario, y de lo cual dijo R. Barthes “¨… consiste en crear un objeto nuevo, que no pertenezca a nadie. A mi entender, el Texto es uno de esos objetos.”(Barthes, El Susurro del Lenguaje, p. 107).
  • Concebir el tatuaje en una semiótica de la cultura, tanto en el sentido que le da U. Eco como en el de I. Lotman, no por un prurito de autoadscripción en una teoría sino porque es el marco para poder entender el tatuaje como texto.
  • En consecuencia, el tatuaje (como género) debe ser abordado como una semiótica del texto y cada tatoo como un discurso gestual. Este postulado tiene ciertas implicaciones de las cuales quiero tocar dos:
  • al considerar el tatuaje como un texto podemos abrirnos mucho más tanto al contexto como a la intertextualidad –y siguiendo de nuevo aR. Barthes con su idea de la semiótica como una translingüística-. Esto es, es una vía para poder reinsertar el tatuaje en la crítica de las retóricas del cuerpo. El texto, “lo que se deja leer” (J. Kristeva), tiene, por una parte, la condición de distinguirse de la obra, el cual es “objeto de consumo” (Barthes) y, por otra parte, la cualidad de la doble codificación. El tatuaje en tanto moda sólo sería un componente del acercamiento semiótico al tatuaje, pues sería entendido como obra que pertenece más al ámbito del proceso de comunicación. El texto es siempre paradójico y lo es aún más en el caso del tatuaje pues es un texto muchas veces oculto a la mirada aunque pensando en ella. Como se sabe, muchos tatuajes son difíciles de ver hasta para el mismo tatuado si bien se realizan en partes del cuerpo que oculta una articulación o la ropa.
  • La segunda implicación atañe a lo gestual, como acto enunciativo, que P. Fabbri (El Giro Semiótico) revalora desde los cuatro componentes pasionales. El tatuaje es un gesto comprometido con el cuerpo. Creo que habría que explorar no sólo qué dice el tatuaje sino cómo lo dice, en tiempo, modo y aspecto para comprender la relación de su discurso con el cuerpo.
  • Entonces, si la primera implicación es la vía para superar la omisión del ethos, esta segunda implicación sería la vía para incoprorar el pathos.
  • En este mismo sentido, es imposible desligar el tatuaje de los hechos de la lengua con los que está asociado. La referencia de los tatuados hacia los no tatuados y viceversa; las expresiones y sus connotaciones: “estoy tatuado” es distinto de “me hice un tatuaje” o de “me tatué”. “El yo que escribe el texto nunca es, tampoco, más que un yo de papel” (Barthes, El Susurro del Lenguaje, p. 79).
  • Intentar como recurso heurístico, como andamiaje de la interpretación, un sistema no de “elementos” (cosas, entes) sino de relaciones de oposición y correspondencia. Propongo entre otros (la diagonal indica la oposición y lo escrito entre paréntesis la correspondencia con la relación superior):

Estas oposiciones nos permitirían discernir entre tatuaje y maquillaje o entre tatuaje metafórico (lo llamo así por la idea de P. Fabbri de las metáforas narrativas) y tatuaje cosmético. Así, por ejemplo, el tatuaje cosmético (delineado de las cejas) puede ser comprendido como somático, indeleble, visible y voluntario; sería objeto de discusión si puede ser considerado marcado. El tatoo metafórico sería marcado, somático, indeleble, voluntario y muchas veces invisible para terceros.

  • Una serie (no quiero decir si en cadena –sintagma- o en cascada –paradigma-) de relaciones:
  • por el sistema de oposiciones y correspondencias;
  • por lo que U. Eco (Tratado de Semiótica General) llama el trabajo semiótico: reconocimiento, ostensión, reproducción e invención. Cuestión que nos lleva al trabajo físico. Aclaro: existe una relación entre ciertas marcas con fuego (como en la vieja serie televisiva de Kung Fu) y tatuar, pero también existen relaciones entre marcar con fuego por estigma (como se hizo con la numeración que los nazis impusieron a los judíos en el Holocausto o como se hacía con los esclavos) y marcar con hierro el ganado. Existen similitudes de trabajo físico pero hay tanto parecdios como diferencias de trabajo semiótico. Por ejemplo, una cicatriz es un caso de ostensión (tal vez una muestra, en la terminología de U. Eco) mientras que un tatuaje es un caso de reproducción (tal vez estilización). Mientras que el “registro visual” es distinto entre una escarificación, un tatuaje y el piercing, el trabajo semiótico muy probablemente deba ser considerado como igual. Un tatuaje es infalsificable, tanto por su soporte (una determinada piel) como por la evolución que sufre con el propio cuerpo. Lo único que puede copiarse y falsificarse el diseño del tatuaje.

Es en este marco el que debe colocarse la discusión sobre el iconismo aplicable al tatuaje así como las relaciones de temas y motivos de los diseños enriquecería la comprensión del tatuaje. Hablando panorámicamente, el iconismo se ha centrado más en el problema del diseño; el Texto es un campo metodológico (Barthes) que prefiere la ruta del todo a la parte y no a la inversa.

La perspectiva propuesta nos permite una interpretación del tatuaje en su conjunto, sea su uso ritual, estigmatizador, de talismán, exorcizante o conjurante, como huella o como marca de identidad tribal o gremial o, incluso, como moda. Permite ponerlo en escena con otro conjunto de prácticas, usos y discursos del cuerpo.

Para concluir, arriesgaré algunas ideas. Dicho con palabras de A-J. Greimas y y de J. Fontanille, el tatuaje es una patematización de la memoria. Podemos adelantar el carácter metafórico del tatuaje, independientemente del grado de referencialidad o motivación del diseño concreto que haya sido escarificado. Es como si el tatuaje fuera la parte raspada de un palimpsesto, lo que aparece debajo de la piel y, por ende, que se mantiene relativamente oculto; un juego de inversiones, de tensión entre el deseo y la satisfacción, entre mostrar y esconder, recordando a G. Simmel en su ensayo sobre la coquetería, entre la entrega y la no entrega. El tatuaje se presenta como un recurso colectivo para ponerle marcas a la historia de vida del individuo; cuando la memoria no basta, cuando es insuficiente ya sea para recordar o para olvidar, cuando asumimos la impureza de una retórica o una moral, empezamos a estar tatuados.

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